11 oct 2011

Ya nadie baila en los recitales


No hay una mesa servida pero
los cubiertos hacen ruido contra la porcelana azul.
Podría ser una reunión de amigos o bien
el recuerdo insistente del plato con el metal,
del metal con el plato, del plato con el metal.

Debo olvidar la idea de que ya nadie baila en los recitales, pienso mientras
mastico la comida imaginaria.

Debo dejar de pensar.

Está bien, me digo, y entonces
como. Hago de cuenta que como la comida imaginaria y
que el ruido viene de mi plato y
que interactúo con otras personas también imaginarias, sentadas
a la mesa.

Las personas sentadas a la mesa no son como las del poema de Casas, aunque
hay una embarazada y, afuera, la ropa en la soga aplaude para
el perro que mira sin ningún tipo de pasión, y que
tampoco existe.

Como. Interactúo. Trato de escuchar algo que no sean los cubiertos. Una
onda satelital emitida por un astronauta. Una conversación en
la que ninguna de las personas diga la palabra yo.

¿Por qué las ollas al final de los arco iris están todas vacías? dice, de pronto, la
hija que nunca tuve.
Ella me tironea la ropa. Busca respuestas que no puedo darle.
Después se aburre, sale al patio, tira cosas que el perro no
quiere buscar.
¿Cómo le digo a esa hija que escribir sobre arco iris en
medio de un poema es
un acto, por definición, suicida?

La hija que nunca tuve habla con las personas imaginarias de la mesa y
cuando presiente que ha perdido su atención
se pone a cantar.
Ya nadie baila en los recitales, pienso, mientras la escucho
cantar la canción del Mundial 90´, en perfecto italiano.
Cuando termina se pone a llorar.
No es consuelo lo que recibe. Son aplausos.
Las camisas colgadas en el patio imaginario
acompañan los festejos
gracias al viento.

Sería bueno que el viento traiga algo de lluvia, digo,
pero el alboroto tapa las palabras.
La hija que nunca tuve se queda dormida sobre dos sillas que
juntó para hacerse una camita.
Sólo cuando ella se duerme las personas sentadas a la mesa
callan.

Yo sigo escuchando el ruido de los cubiertos, como si fuera un tren que
no hace escalas y
pienso en los arco iris y en el sueño de la hija que nunca tuve
(las dos sillas haciendo camita)
y en los planetas
y en las personas que no bailan en los recitales y en
un poema que hable de todo eso.

Debo dejar de imaginar cosas.
Tengo que conseguirme un arco iris para cuando termine de
escribir.
Voy a suicidarme con uno de esos.

14 ago 2011

Belle Epoque






02:45 a.m.
Vamos a dar una vuelta, decís y
antes de salir un tipo le
da un empujón a la chica más linda.
Le pregunta si se siente especial y
ella no contesta,
se ríe fuerte.

¿Son sus dientes los que brillan
o las chispas de los encendedores?

Los más chicos se van para allá,
hacen grupito.



00:37 a.m.
El Sr. Sound baila y
yo me rio de contenta
re fuerte
chateo con una amiga
ella dice que quiere un
novio que le baile
y la haga reír de
contenta

yo me muevo en la silla que gira y
se sube y se baja sola
soy una cantante punk en pleno show
escribo un poema y
saludo a Elisa, pongo que
me gusta la foto de
Nati Nin

el Sr. Sound baila y nos
olvidamos de todo

los únicos instrumentos que suenan
salen por esas cajas
yo escribo una poesía
soy una cantante en pleno show
digo por chat que ese novio ya viene
que está llegando



05:15 a.m.
Quiero escribir ese poema. El que dice que leés a Carver cuando
vas al baño y
después me contás todo, a
excepción de los detalles.



04:01 a.m.
El pibe que saca fotos cree que somos hermanos.
Está por disparar.

Me gustaría saber adónde muere la música te digo pero
vos no querés más preguntas.

Levantás la mano para tapar la cámara,
parecés un rockstar.


20:17 p.m.
Me pasé la tarde leyendo epitafios.


07:30 a.m.
Soñé que aprendía a tocar una guitarra.
Era la guitarra del Sr. Sound, esa que tiene
fondo negro y rayos de colores brillantes
por todas partes.
Nada era fácil en mi sueño, no era
como esas veces en las que uno simplemente vuela o
salva a una población de una
epidemia de hammsters.
Soñé que tocaba una guitarra
-la guitarra del Sr. Sound- y que
 me costaba aprender. 

Esta noche intentaré soñar que practico
los ejercicios cromáticos:
1, 2, 3, 4 ó
1, 3, 2, 4 ó
4, 3, 2, 1
Si veo que no me salen voy a escribir un poema.
Un poema sobre una mujer que nunca aprendió a tocar la guitarra o
un poema sobre una guitarra que no
quiere que la toquen mal. 

Voy a escribir un poema sobre una guitarra. 
Espero que no se entere el Sr. Sound.


16:30
Cuando no estás
me gusta dormir de tu lado de la cama,
usar tu bata después de bañarme,
sacar lo que queda de talco en tus zapatillas para
ponerlo en las mías.


00:01
Quiero ese poema.

12 ago 2011

Fan de Lennon


“Me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal”.
Fabián Casas



Me acuerdo de haber viajado mucho. Son casi los únicos recuerdos de familia que tengo. Cuatro personas en un auto. Cuatro personas y un cassete. Me acuerdo de que mi padre se sabía todos los temas de memoria. Mi padre, que nunca supo inglés, cantaba todos los temas de memoria porque no soportaba “no entender” lo que le “querían decir”. Como si hubiera alguien, tal vez un malvado, que le quisiera inculcar alguna una idea. “Así es como te dominan”, decía, y ponía un cambio. Yo no entendía muy bien de qué venía eso de la dominación pero sí captaba que era algo malo, una fuerza extraña que querría apropiarse de nuestras palabras, un monstruo que seguro hablaba en inglés y era rojo y azul, y nos hacía menos libres; en fin, algo que no podía ser.
Si tuviera que pensar en un momento familiar, pues sería arriba del auto. De viaje a Quetrequén, a Huinca o a La Plata. Vacas. Vacas. Vacas. Pasto. Caballos. Pasto. Un tambo. Dos estancias. 5 viveros. Vacas. Tranqueras, muchas tranqueras y muchos alambres. Alambres de púas. Lagunas, varias. Y cerrar la ventana por el olor a zorrinos. Y esquivar una liebre, y agarrarse del parabrisas para menguar el impacto de una paloma. Y los Beatles, y Pink Floyd, y la Orquesta Sinfónica de Londres.
El folcklore de los viajes eran las peleas con mi hermana Brenda. Entonces mi padre había implementado una serie de estrategias para que a ellos, los adultos, se les hiciera menos denso el camino. Una vez, por ejemplo, viajábamos a llevar unas ruedas de auto de competición. Las ruedas eran gordas, como de medio metro de ancho, con pelitos y puntas en la superficie para agarrar mejor la pista. Como Brenda me peleaba y me decía “pendejita” a cada rato, mi padre optó por separarnos con una de las ruedas, así ni nos veíamos. El olor a caucho era insoportable.
Otra vez, ya habíamos pasado Luján, y como nosotras nos empezamos a agarrar de los pelos, él nos bajó en mitad de la ruta. (Nos amenazó 3 veces y a la cuarta nos bajó). Y arrancó. Hizo un par de kilómetros y después volvió. Brenda pensaba que nos había abandonado, en medio de la llanura más inmensa, y se largó a llorar. Yo le decía que no pasaba nada, que no nos iba a dejar.
Las ruedas de competición eran del auto de carreras de mi padrino. “Es el mejor piloto de su generación”, decía mi padre, y tuvo la desgracia de salir siempre segundo. Corría en esas katangas chatas y bajas, parecidas a las de fórmula 1. Una vez, en Pico, él estaba por ganar la carrera que lo consagraría campeón de su Fórmula. Habíamos ido todos. Mi abuela, a cada rato, le decía: “Waltito ganá la carrera pero andá despacio”. A Brenda y a mí nos daba mucha gracia esa frase, pero entendíamos que para ella la velocidad podía llegar a ser algo muy peligroso. 
Al momento de la carrera, mi padre se fue a boxes a tomar los tiempos y mi madre se quedó cuidándonos. Mi padrino venía ganando y le llevaba una vuelta de ventaja al segundo. Era imposible que no ganara. Era imposible que no saliera campeón. De pronto, nadie entendió bien qué pasó, un tipo de jeans ajustados y gorra con visera, empezó a agitar una bandera a cuadros cuando todavía faltaban 2 vueltas para que terminara la competencia. Mi padrino, que había perdido la cuenta y se dio por vencedor, menguó la marcha al pasar la línea de largada. Nosotros, que no veíamos al tipo, pensamos que había abandonado o, que quizás, el motor tendría alguna falla. De repente apareció mi padre, corriendo exaltado y le dijo a mi madre que nos sacaran a todos de ahí, “urgente”. Asomadas atrás de una F100 pudimos ver cómo otros hombres de bigotes y jeans ajustados aparecían entre el polvo de sus propias corridas, con palos y gatos hidráulicos para atacarnos. Si mi padrino retomaba la carrera, a nosotras -sus sobrinas- nos iba “a pasar algo”. Un momento de máxima tensión.
Mi padrino terminó saliendo segundo en la carrera y segundo en el campeonato. Unas semanas más tarde, los familiares y amigos le hicieron una cena para agasajarlo y mi padre le dibujó una katanga con unos laureles por detrás y un diploma imaginario que lo nombraba “campeón moral”. “Salir segundo es una mierda”, le dijo mi padrino, mientras abollaba la cartulina con las dos manos.


La mañana en que mi padre se accidentó por primera vez coincidió con el día posterior a mi cumpleaños número 6. Y, desde entonces, ver a mi madre con su guardapolvo verde cruzar el patio cubierto de la Escuela era, definitivamente, presagio de malas nuevas. Ella, toda lánguida y hermosa, andaba rápido por los mosaicos encerados como si fuera un fantasma de sábana verde y, cuando me sacaban del aula, antes de decir nada sonreía y después: “No te asustes”, y ahí venía lo peor.
De las cuatro veces que me buscó, tres fueron muertes y una un accidente. Resulta que, después de dejarme en la puerta de la escuela, mi padre tuvo su primer ataque de epilepsia y chocó contra un poste de luz de cemento, a dos cuadras de ahí. El lugar del choque era un descampado donde los chicos jugaban fulbito y las chicas se pavoneaban durante los partidos, pensando que alguno las iba a registrar. Como eran las 8 de la mañana, de un lunes de marzo, no hubo que lamentar otros heridos. “Viste que en el campito a esa hora no anda ni el gato”, dijo uno de los bomberos que ayudó a sacarlo del auto.
Mi padre, de 33 años, había convulsionado solo, subido a un auto que se aceleró, también solo, y se descontroló hasta dar con ese poste. “33, ¡la edad de Cristo!”, gritaba mi abuela por teléfono, como si pensara que mi padre iba a morirse y a  resucitar, o algo por el estilo.
Quienes lo socorrieron vieron espuma blanca caérsele por la boca toda mordida, a causa de los espasmos. El auto, del lado del acompañante, había quedado totalmente destrozado. “Me salvé porque iba manejando; que si no, no cuento el cuento”, dijo mi padre cuando recuperó la conciencia.
Me acuerdo de que esa mañana me quedé en la vereda, mirando cómo el auto avanzaba sobre las calles hasta que, de un grito, la maestra me llamó adentro. Algo había ese día, demasiado brillo, demasiado calor, humedad, o algo habría en los ojos de mi padre que me dejaron pensando, en la puerta de la escuela, sin poder entrar. Me acuerdo, también, que no podía entender bien qué significaban las palabras: “epilepsia tardía” y “convulsionar”, pero me hacían pensar en 10 lavarropas juntos, moviendo sus tambores de un lado a otro, agitándose para centrifugar, haciendo sentir sus quejidos por todas partes.
Del paso por la clínica me quedó impregnado el olor. No podía entender cómo en ese lugar donde se cura a las personas, todas las cosas olieran a muertos.
- “No te preocupes. Peor es el olor de la sopa que me obligan a tomar”, dijo mi padre con dolor en la boca.
Esa tarde, la habitación se llenó de gente y yo me quedé afuera en una banqueta con forro de cuerina que hacía ruido escatológico cada vez que alguien se sentaba. Me puse a pensar en lo mucho que me hubiera gustado estar en el auto en el momento del accidente. Imaginé a mi padre envuelto en una sábana verde, corriendo en su R12, también verde, por las calles anchas y llenas de piedritas. Escuché el ruido mecánico de la cassettera al darle play y “Lucy In The Sky With Diamonds” seguida de “Jealous Guy”, y también los gritos de la abuela diciendo cosas ininteligibles desde la vereda. Éramos dos pilotos corriendo a toda velocidad y nadie flameaba una bandera a cuadros. Corríamos envueltos en una sábana verde con olor a muertos. Cuando mi padre empezó a convulsionar yo me agarré del volante, estiré las piernas hasta tocar los pedales y aprendí a manejar en un segundo. Miré para todos lados y no había un poste de cemento. Hicimos 5 cuadras. Cuando se calmó le dije: “Papá, no vamos a chocar. Te lo prometo”.  

5 jul 2011

La primera vez que vi tu banda



La primera vez que vi tu banda me
corté la mano con el filo de un espejo.
Fui con la mano vendada 
me habían puesto 3 puntos
pero tenía que ir igual

Cuando terminaste de tocar
me dieron ganas de hacer pis
porque afuera estaba helando.
Vos me acompañaste al baño
hacía poco que nos conocíamos
no podía usar mi mano
tuviste que hacerlo todo por mí.

En el baño había un travesti
-se ve que le gustaste un poco-
a las chicas siempre nos gustan los hombres de los escenarios.

Primero me sacaste el cinto
los botones del pantalón
me bajaste la bombacha
y te quedaste mirando.
Hacía dos semanas que nos conocíamos.
La travesti te tocaba.
Vos me mirabas hacer pis
y estabas listo y brillante.
El pis no tenía olor y vos sí
vos tenías olor a
Fernet y a guitarra.


Cuando salimos de ahí
vos estabas todo erecto
y yo también.
Podemos tener una vida hermosa, te dije
Vamos a acompañarnos aunque estemos siempre solos, 
me dijiste vos.



2 jul 2011

un epitafio para Jane














Cuando terminaron las pericias
tu novio entendió
que mezclar cristales y
heroína
no era un buen plan.
Vos tenías que ir a tu reunión
de gente
que deseba rehabilitarse
pero el socio de tu novio
te dejó morir
ahogada
en tu propio vómito

-creo que Walter ama a tu novio-.

Después
la policía te sacó
adentro de una bolsa blanca
y tu novio se puso una campera
para tapar los pinchazos.

Eras la arrepentichica
en un dibujo para tatuar y
tu vida cabía
en el líquido de esa jeringa.

Más tarde
tu papá
hizo chocar 3 aviones.


4 jun 2011

cara nueva





Tomamos un taxi porque Sound quería llegar temprano. Parados en el semáforo de la Pritty, se le ocurrió decirme que la trafic, a nuestra derecha, era la que llevaba a los músicos, pero no lo hizo. En  efecto, el taxi y la trafic se detuvieron en el bar donde sería el show y fueron bajando, de a uno, el ídolo, los músicos, los managers y los asistentes.
Llegar primeros a un recital era algo que no nos pasaba desde que teníamos aproximadamente 20 años. Porque una cosa es estar ahí temprano por trabajo y otra bien distinta es ir de  público, respetando los rituales de comprar la entrada, hacer la previa, salir temprano para conseguir buena ubicación.
En la puerta nos encontramos con dos viejos agitadores del rock. Tipos de apariencia difícil: uno todo pelado hasta las cejas, otro con un tatuaje en la frente. Entre ellos no se hablaban y Sound hacía de nexo. A veces tengo la sensación de que a algunos nos toca actuar de puente. Puente entre las personas, entre las cosas que no se pueden conectar -por ejemplo un cable-, puente entre lo que está pasando y queremos hacer de cuenta de que no, pero ahí está.
El del tatuaje en la frente decía que el recital no le interesaba. El pelado llevaba una bolsa negra con unos adaptadores especiales. “Los necesito para enchufar un equipo de bajo que me traje de Bélgica”, explicó. Uno dijo que había llegado a las 6 de la mañana. El otro, que había vuelto al país hacía dos días. El del tatuaje dijo: “Mirá, mirá que zarpada esa luna”. La luna parecía una nave nodriza, pero achatada. Era enorme, amarilla, espesa. Se asomaba por un edificio cualquiera del Abasto.
El pelado se quedó hablando con otra gente y sobre la vereda se había formado una cola que llegaba hasta mitad de cuadra. Nos pusimos atrás de unas chicas que parecían ser estudiantes de algo. Esos son los momentos en los que me gustaría ser sorda. No pude evitar prestar atención a cierto relato referido a “lo tranquilos que eran los festivales de La Falda” y a lo trascendental que es haber visto, en vivo, a músicos como Lito Nebbia, Paul Mc Cartney o The Cult. “Las mujeres en tacos altos me hacen doler los pies”, le dije a Sound, pero no me escuchó o no me dio bola. Me colgué mirando la luna y pensé en lo terrible que es ver cómo esa gran bola se empieza a achicar, a ponerse más blanca y más común. Imaginé cómo serían los puentes en la luna, sin fuerza de gravedad, puentes para gente que no necesita caminar porque no tienen por dónde. “Puentes sin gravedad" podría ser el nombre de una canción, murmuré, pero él ni me miró.
La fila comenzó a moverse en zigzag, como hacen los animales cuando tienen parásitos. El ídolo de Sound, su influencia más directa, había salido del bar para saludar a cada una de las personas que esperaban por su show. Todo se había demorado y recién estaban probando los instrumentos. De pronto, en un momento que no alcancé a percibir muy bien, Sound empezó a mudar su cara a otra, una de un tipo muy joven, y se volvió inglés y negro y boxeador. Los músicos y los boxeadores son muy parecidos, pensé. El ring bien puede ser un escenario y todo es fuerte y frágil a la vez.
Cuando por fin se produjo el encuentro, los boxeadores estaban casi desnudos, sin instrumentos ni guantes. A partir del primer abrazo, la secuencia de hechos transcurrió más o menos de la siguiente manera: el ídolo lo saludó y Sound se quedó mirándolo, quieto. El amor es la cara de Sound saludando al ídolo, pensé. El tipo me dio la mano y me dijo: “Hi”. En una veloz maniobra abrí la cartera y saqué un disco de Lautremont. Se lo dí a Sound y le dije: “Dale, aprovechá”. Él se lo dió.
- “¡¿This is your music?!”, exclamó el negro.
Y Sound: “Yes” (un yes muy tímido pensé).
Y entonces el negro: “¡Oh, thank you so so so much!”
Y Sound: nada.
Y el negro: un montón de cosas en inglés de barrio bajo inglés que no entendí ni un poco.
Y Sound: su cara ahora era una sonrisa enorme.
Y el negro, como se dió cuenta de nuestra imposibilidad de contestarle, me miró y dijo algo así como: “¿Podrías pasarme un e-mail?”.
Y yo: “Oh, yes, yes”.
Y él volvió a decirme: “¿Me lo dás por favor?”
Y ahí caí que quería escribirlo, y entonces se lo deletreé a su asistente que anotaba sobre una carpeta, donde seguro tenía su hoja de ruta, su cronograma y todos esos papeles que se usan en las giras para organizar el trabajo. Justo cuando la cara de Sound empezaba a ser una boca extendida de oreja a oreja, el negro nos abrazó y se fue.
Nos quedamos un rato sin hablar, agarrados de la mano. La cara había mutado de nuevo: era una sonrisa enorme, ya no tenía ojos ni nariz. Todos esos dientes y labios se abrieron, y me dijeron: “Ya está. Ya nos podemos ir”. 

26 may 2011

25 de mayo

Escuchamos música y
bailamos un rato 
y entonces vos tenés 70 y
yo 60. 


las arrugas de nuestras caras hipotéticas se pegan
se meten una dentro de la otra
inventan una
nueva cara


algunas cosas son ciertas ahora, pienso 


Afuera hay sol, 
las venas de la planta hacen lo suyo.

7 may 2011

Atrás puede ser un lugar muy lejos

*-----

A la derecha del cuadro
un árabe mira para atrás
hace mueca de hastío

mueve la mano por encima de la manga larga
quiere ahuyentar algo con su mano y
su manga de túnica árabe

el aire retiene
un instante
el dibujo de su ademán


- *----

Lo que protege del frío protege, también, del calor.

Por eso viste hasta los pies con
una fina túnica
a esas horas
empapada.

Un árabe abrigado
atravesará mil desiertos
sobre un caballo necesariamente blanco

al caballo lo molesta un perro y por eso
-el árabe-
tiene cara de hastío
hace un ademán.

No es por el calor,
pienso yo,
porque lleva túnica blanca hasta
los pies.

Agua debería haber en el
interior de su
cantimplora.


- -*---

Árabe mira para atrás
no sé si al perro
no sé si a una mujer

atrás puede ser un lugar muy lejos.


- --*--

A la izquierda del cuadro
un árabe mira para atrás
hace mueca de hastío

es un árabe igual al otro

usa la misma túnica
tiene la misma barba, cara,
caballo blanco y perro

hace el mismo ademán


- ---*-

Están en espejo
-los dos árabes-
miran hacia atrás
sienten hastío

sufren el dolor de sus potros idénticos

Es menester protegerse del clima con vestimenta adecuada,
piensa el árabe de la derecha
es menester alejar el caballo del perro,
piensa el de la izquierda.

Alguien debería poner
suficiente agua fresca
en el interior de sus
cantimploras.


- ---*

El árabe a la izquierda del cuadro mira para atrás
quizás a nadie
quizás a una mujer

atrás es un lugar diferente ahora.


------

En el centro del cuadro
una caravana de mercaderes  rompe la monotonía
parecen animales que se
volvieron domésticos

a diferencia de los árabes
ellos son distintos entre sí
sólo miran hacia
adelante.


Si siguen por el camino
van a salirse del cuadro, con sus camellos y sus ropajes,
y van a entrar al living de
la casa donde
me crié.

Cuando termine de pasar el último
comeremos un asado.

Mamá los hará bañar,
previo a sentarse a la mesa,
y yo serviré vino en copas de
vidrio azules.

Ese será mi último día en la casa donde me crié
y entonces la casa
será un lugar muy lejos,
que tendrá un gobelino hermoso,
y almorzarán, de vez en cuando, sobre la mesa del living
mi madre, los mercaderes y los dos árabes.

Habrá lugar en el patio donde
amarrar los camellos.




5 may 2011

Hacia dónde se cae una conexión de Internet


14.58. Alguien debería explicarme
cómo haré para pasar la próxima media hora.

14.59. Los gugleadores dirán que guglee hasta que no pueda más
Los chateadores que chatee con seres de otras galaxias
Los maileros que mailee cosas de pornografía

Estoy sola
y nada más tengo una conexión a internet
que por momentos
se cae.

15.01. Yo no sé hacia dónde se cae una conexión de Internet

15.01. Esto se llama oficina ministerial.
Esto se llama no tengo nada que hacer
porque lo que debía
está terminado.

Si como un chicle durante media hora
Tendré acidez
Si pienso en la heladera desamparada que me espera
Tendré acidez
Si pienso en las cosas que murmuran las viejas de la otra oficina
Tendré mucha acidez

15.03. (No se pasa más).
Alguien debería decirme
por qué estoy escribiendo un poema a la hora en que debería trabajar
(eso lo preguntó Schmidt)
Schmidt me hace acordar al Vodka.
Será por esa tertulia en la que se tomó 3
y se puso todo rojo
y me regaló 10 libros.
Schmidt debería estar acá haciéndose preguntas conmigo.
Indagando sobre el destino de una conexión caída.

15.09. La radio de fondo apesta.
(No se pasa más)
Deberían erradicar algunas bandas de los catálogos de los sellos.
No voy a dar nombres porque trabajo con algunos.
Por eso prefiero escribir poemas.

15.10. Escribir poemas está bueno.
Me di cuenta una vez,
después de haber llorado mucho.
Llorar mucho está re bueno.
Se te hincha toda la cara,
y entonces sos parecido a vos llorando, pero no sos vos
y llorás largo
tendido
y te gusta tener toda esa atención.

Alguien debería decime
cuál es el destino de una red que cae
cómo se hace
para no llorar mucho
y no escribir poemas
en una oficina de Ministerio.



10 abr 2011

Huesitos

Sofía viaja a la ciudad capital acompañada de su madre. Van al asilo a visitar a la abuela enferma. Ella quiere ver a su abuela pero le da miedo. Sabe que tiene cáncer y que no es un asilo. Es un hospital para enfermos de cáncer. “El mejor de la Provincia”, dice su mamá.

Su mamá es la mujer más hermosa del mundo. Todavía inventa canciones con sus poesías favoritas. Una de un castillo de papel en el que habitan fantasmas alegres, otra de una jirafa en un auto que se queda sin nafta.
Sofía y su madre dejan los bolsos en el hotel después de 3 horas de viaje. El hotel, en el que dormirán las próximas dos noches, es modesto y está ubicado en pleno centro. A Sofía no le gustan los hoteles. Le dan náuseas. Como el olor del té cuando no tiene limón. El cuarto es chiquito. Tiene un empapelado turquesa y beige,una alfombra grisácea que cubre todo el piso y, en el techo, un ventilador que gira despacio y parece que se va a caer. Dos focos empotrados hacen las veces de velador. A Sofía le interesan estos detalles, especialmente el último, porque no puede dormir si no lee. Lleva en el bolsillo de la campera una antología de Dioses Romanos y piensa que quizás, en esos días, podrá terminarlo.
Para llegar a la habitación de la abuela hay que atravesar un pasillo angosto con banquetas a los costados. Allí hay 4 camas y 3 mujeres adentro. Una de ellas es Ángela. Cuando entra Sofía, Ángela abre la boca finita para sonreír. Tiene una capacidad especial para disimular. “Ser fuerte es la sonrisa de Ángela”, piensa Sofía y le da un beso y un regalo que compraron con su madre en la Terminal de Ómnibus. Cuando entra el médico, Sofía sale sin que nadie se lo pida. Prefiere no saber algunas cosas. Entiende que cuando sea grande podrá sacarse las dudas.
En el pasillo las personas andan como pueden y se abrazan con sus familias. Sofía se sienta frente a la ventana que da a la habitación de Ángela y ve las maniobras del Doctor. “La mueve como si fuera una de las muñecas de trapo que ella cose”, piensa. Un señor le pregunta la hora. Ella le muestra las manos desnudas. Sofía odia los relojes y hablar con extraños. Entonces saca el libro del bolsillo y lee.
Esa noche, en el hotel, Sofía escribe un cuento en el que Ángela es una diosa romana. “Ángela era medio hermana de Diana. Hija de Júpiter y de una simple mortal”, escribe. “Era tan fuerte y hermosa como un hombre romano y tenía el carácter amable. Cierta mañana no pudo levantarse de su cálido reposo en el bosque. Una extraña criatura la vivía por dentro. Primero vio unos huesitos salírsele por el pecho y, enseguida, toda la cara del monstruo. Ángela quiso separarse de la bestia con su fuerza, pero no lo logró. La boca del monstruo, abierta como la de un animal, amenazaba con comerla viva. Quería decirle algo”.
Sofía se queda dormida sobre el cuaderno abierto. Podría haber soñado con el final del cuento o con los dientes viscosos de la bestia, pero un ring agudo, desde la conserjería, avisa que hay una llamada entrante. Son las 3 de la mañana. La madre corta y dice que “no es nada”, que saldrá un momento. ¿Adónde van las personas mayores cuando dicen que no es nada? Sofía está sola y clasifica las respuestas. Tiene una mancha azul en la mitad de la cara.